Consenso en el consumo, en lo que queremos ver. Al menos en la mayoría de las ocasiones, estemos reunidos en una misma sala todos los miembros de la familia.
Diálogo sobre lo que pensamos y sentimos ante lo que estamos viendo en la TV, de forma que se potencie el conocimiento de la actualidad y el manejo en las discrepancias entre los miembros de la familia.
Mantener la atención crítica ante lo que vemos, y replantearnos los modelos de hombre y mujer, de niños, jóvenes y ancianos que se nos proponen, los valores y el estilo de vida que parece pretenderse que interioricemos. Desde la no-consciencia, es imposible ejercer la libertad de ser uno mismo.
Acompañemos a niños y adolescentes en sus horas de TV, propiciemos que desarrollen su capacidad crítica y sus propios criterios. Estemos informados de los programas que ven.
No neguemos por sistema a nuestros hijos el uso de la TV, ni impongamos restricciones muy severas. No por ello vamos a aumentar su afición a los libros o al deporte. La TV forma parte de su vida. Ofrezcámosles planes atractivos, para que comprueben que se pueden hacer cosas distintas (y más divertidas) que ver la TV.
Busquemos todos los días un momento de diálogo con nuestra pareja (si la tenemos) sin la TV delante. La coincidencia en la hora de irse a la cama es importante. La TV no debe ser obstáculo para la afectividad comunicativo- sensual de la pareja.
Dediquemos un tiempo a la tertulia familiar de la noche (o mediodía), cuando coinciden todos los miembros de la familia, con la TV apagada.. Evitemos que esté encendida la TV en nuestras comidas, cenas o tertulias.
La TV conecta con nuestras frustraciones, y las identifica, especialmente en niños y jóvenes, cuando los artículos y el modo de vida auspiciados por la pantalla, difieren de nuestros valores o quedan fuera del alcance de nuestros bolsillos. Aprovechemos estas ocasiones: son pedagógicas, por contraste, como preparación para la vida adulta.
La TV no es buena ni mala en sí misma. El uso que hagamos de ella lo convertirá en conveniente o no. Ejerzamos conscientemente nuestra libertad de elección.
No la convirtamos en sustituta de los encuentros con nuestros amigos, de los paseos o el deporte ni de tantas otras cosas que podemos y sabemos hacer, y que nos deparan más satisfacción que ver la TV, aunque resulten menos cómodas que sentarse a ver la TV.
viernes, 16 de marzo de 2007
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